Hace unos días iba en el bus ensimismada en mis pensamientos y en la música que se estaba reproduciendo en mis audífonos. En Bogotá, algunas veces debes mezclar la música que está ambientando tu vida en ese momento con lo que se habla en las calles. Porque sí, Bogotá todo el tiempo está diciendo algo. Para esos días, Bogotá estaba teniendo un clima bastante inestable, tanto que no sabías que tan seguro era dejar el hogar sin un paraguas. Nunca es lo recomendado, pero después de las dos de la tarde, Bogotá era impredecible. Estaba a la altura de la Caracas, leyendo un post de Instagram, cuando el bus paró en una de sus estaciones y de forma acelerada una chica se subió al vagón.
Al principio no la reparé, es que se subió a tropezones, importándole muy poco quien se cruzara en el camino entre ella y la silla que quedaba libre justo frente a mí. No cruzamos miradas, por supuesto que no, eso hubiese sido desafortunado para ambas en ese momento. La chica alcanzó la silla que estaba buscando y el bus se puso de nuevo en marcha. Le di una mirada furtiva a su atuendo. Cabello hasta los hombros, de color muy negro, tenía un tatuaje en el cuello apenas visible para los observadoras como yo. Sus mejillas estaban muy rojas, no sabía si era por su rubor, o por la mirada cristalizada que intentaba ocultar girando su rostro para mirar a la ventana. Llevaba un abrigo melenudo color Vinotinto, debajo de este una básica color blanco y pantalones holgados.
La chica sacó de su morral su celular, le temblaban las manos, y a duras penas podía teclear en la pantalla. Se tocaba la cara constantemente, aun cuando hacía solo unos minutos había agarrado los barrotes del Transmilenio; y no me vayan a malinterpretar, pero todos sabemos que después de un tiempo el transporte público no era el lugar más aseado del universo. O sea… millones de manos… miles de bacterias. Creo que pueden entender mi punto, pero si no lo hacen, no pasa nada ese no es el objetivo de esta historia.
La chica concluye la acción y lleva su celular a su oído, para ese punto yo ya había detenido mi lectura y había bajado el volumen de mis audífonos, no por amor al chisme, es que algo en ella me hizo sentir una bocanada de preocupación como una mujer que también tuvo una situación como ella. Su primera palabra fue «Aló, puedo molestarte un rato» y acto seguido su mano cubrió con fuerza sus ojos. Supe en ese instante, que todo lo que le había estado preocupando, había encontrado una manera de salir en lugares donde casi siempre lo que se escuchaba era el ruido de un automotor en marcha. Se quedo en silencio al menos unos diez segundos y luego recobró la compostura. Respiro sin mirar a nadie y sujeto con mucha fuerza su celular «Yo se que ya me dijiste que no llorará, pero esas cosas no se le explican a la misma cabeza de uno » Mi primer pensamiento fue creer que se trataba de un duelo amoroso, porque por supuesto, en las ramas de mi inteligencia prematura aún hay tintes patriarcales que me dicen que lo único por lo que una mujer podría sufrir es por un hombre.
Sin embargo, antes de que aquel pensamiento embargara por completo mi psiquis, ella expresó «Yo fui buena amiga, pero seguramente solo lo creía yo» dicho eso, me pregunté ¿Entonces la amiga se metió con el muchacho? Pero no, no se trataba de esa clase de historias. «Si, tal vez no soy tan de amigas, lo bueno es que sigues estando tú» Claro, su amiga o amigo del teléfono seguía estando allí, sin embargo, en mi cabeza todo estaba tomando un sentido bastante personal. Una adolescente con frenillos, luchando con la porosidad de su cabello, y preguntándose cuando sería su turno para ser la chica del grupo grande de amigas.
Solía hablar de eso con frecuencia con las personas que me rodeaban porque durante años luche contra la idea de que tenía que esforzarme de más para demostrar que mi amistad era tan valiosa como las de las demás y que no merecía reducirme al puesto de ser el objeto de burlas de las personas que yo escogía para ser mis confidentes. La chica continúo contándole a su compañero telefónico como la conversación que había intentando tener con su ahora, examiga, se había salido de control. Como la había recogido cuando nadie en el colegio le prestaba atención y como ahora en la universidad, la historia se repetía. Cada palabra venía acompañada con más lágrimas que la anterior y hasta cierto punto, volvió a hacer silencio para limpiar por última vez sus lágrimas. «Seguramente tuvo razón todo este tiempo, yo era el problema »
Y ahí estaba, la frase universal para justificar los problemas de los demás cuando nos somos capaces de reconocer nuestra valía. Aquella frase era la pregunta que durante años no tuvo respuesta y que con cada amistad fallida sumaba más dudas ¿Sigo siendo el problema de mis amistades fallidas? Porque sí, detrás de cada mensaje ignorado, de cada llamada incomoda, de cada salidas «improvisada» volvía a la duda ¿Qué es lo que estoy haciendo mal? No obstante, la respuesta era la misma, nada. No estaba haciendo nada malo por no ser la primera en correr cuando algo iba mal, por no preguntar constantemente si estaba bien, por no ser quién pagará si cuando no tenía. Sin embargo, mi ansiedad no me dejaba ver eso, yo tenía que hacerlo todo bien porque era demasiado reemplazable como para no ser la mejor.
El aviso de mi estación me sacó de mis pensamientos y dándole una última mirada a la chica, salí del Transmilenio. Fue una conversación frecuente del día, de esas que se cruzaban en tu camino y te acompañaban un par de horas hasta que el mundo te recordaba por alguna razón que incluso después de «Lo peor de todo es que yo sé que la realidad no es tan mala» tu vida, la de ellos, y la de todos tenía que volver a su normalidad. Esa tarde, a pesar de que había sido un día extremadamente largo, volví a mi debate interno personal ¿es una amistad fallida un duelo personal? O simplemente deberíamos entregarlo a las garras del escepticismo humano del «ya pasará» dejando que nuestra psiquis reciba todas las consecuencias de un duelo no comentado. Al final, pasará por que sí, todo lo hace menos nuestro chance de reconstruirnos de verdad, no basado en suposiciones sino en realidades.
Se que ahora estoy bien, que un día me priorice y no volví al ciclo destructivo de luchar por algo que tenía sus maletas afuera antes de que pudiese invitarlos a pasar, y reconocí aquellas despedidas sin aviso como mi propio duelo colectivo, pues no solo lo sufrí yo sino todas las personas que en ese momento me rodearon, y aunque hoy se visualiza una herida completamente sanada, algunas veces pienso en todas las veces que tuve que demostrar que si era buena, que sonreí ante las bromas hirientes, que tuve que insistir para salir a comer o cuando tuve que no responder para no arruinar el aura del momento. Suelo pensar en cómo muchas veces, incluso con las que se suponen serían nuestras «soporte incondicional» «el antónimo de soledad» «chica de las chicas» teníamos que esforzarnos el doble porque era mucho más difícil complacer los caprichos de una mujer que no sabía estar rodeada de mujeres que la de un hombre que solo le interesabas una noche. Y aunque es una opinión impersonal, la luna estaba muy de acuerdo conmigo.
La pregunta sigue fresca en mi interior —más cuando veo el mismo patrón repetirse en otras mujeres— y seguramente nunca sea capaz de responderla para mi tranquilidad. Los duelos son enigmas, incluso en la psicología, hay etapas, fases, modos de vivirlos y consecuencias por no vivirlos dentro de la norma. Es un caso de estudio para La Luna y también para mí, o bueno no tanto para mí, hace poco me casé y cuando llego el momento del bailongo, vi a las mujeres de mi cortejo y comprendí que las buenas amigas si existen.