Pájaros negros: el sublime recuerdo de la memoria colombiana.


Cuántas leyendas no habrán de mecerse con el viento de la montaña, o quizás cuántas de ellas no habrán abierto sus alas de par en par para volar sobre nuestras cabezas. Esta incertidumbre puso mi corazón arder desde la primera línea de esta historia, llevándome a no soltar este libro hasta verle fin.

«Pájaros Negros» corresponde al segundo trabajo del autor colombiano Jorge Ignacio Garnica, o como a mí me gusta llamarlo, Nacho, quien nos brinda una historia que se aparta completamente de su primer trabajo y nos invita a conocer un poco más de esas leyendas e historias que rodean nuestro país. Es muy importante mencionar que llevaba mucho tiempo esperando este libro, ya que llegó 2 años después de su primer trabajo titulado «Antes del Juglar» (2019), y qué decirles, queridos lectores, esta espera valió completamente la pena y les aseguro que no se arrepentirán de darle una oportunidad al autor. Sin más preámbulos, es momento de adentrarnos en la historia.

Esta segunda novela del autor nos adentra en un mundo sobrenatural, de esos que se escuchan entre los cuentos pueblerinos, creados con el fin de asustar a los pequeños o advertir a los borrachos de no tomar carreteras a altas horas de la noche. Sin embargo, muchas de estas historias tienen un principio, y es allí donde empieza toda nuestra historia, con nuestro inicio: Machinza, nuestra primera protagonista, y la razón de muchas de las cosas que suceden en esta novela. Heredera de un trono del cual debe huir a causa de los colonizadores (1537), emprende su exilio lejos de su tierra, pero destinada a cosas que ni ella es capaz de comprender. Ella es el abrebocas de esta historia, la matriarca, la que nos permite entender que siempre estuvieron frente a nosotros cosas que nuestra inteligencia racionalizada no fue capaz de comprender, pero que siempre estuvieron allí y siguen permaneciendo.

Una de las cosas que más resalto de esta novela, y que desde mi punto de vista, tuvieron un enorme peso en esta historia, es la forma en la que su autor nos devela una dicotomía entre lo que siempre nos perteneció y lo que nos fue obligado a tener. Aprecio y destaco fuertemente esa habilidad de traer a la memoria las creencias de nuestros antepasados y la forma en la que orgullosamente ellos veían, analizaban y comprendían el mundo, algo que no se puede dejar a un lado sin importar lo que haya sido enseñado con el tiempo. La religión es un tema que está brindado a la subjetividad del lector, pero que no pasa desapercibido en ningún momento, por lo que fue una de las cosas que más me gustó en la lectura.

Por otro lado, acercándonos un poco más a nuestro objetivo, nos topamos de frente con Marianela, muchos años después de nuestra primera protagonista (1876), nos cuenta su historia. Marianela es una joven mujer quien es dejada a cargo del ama de llaves de una familia aristócrata de la época a una edad muy temprana, es nuestra segunda protagonista y a quien más respeto hasta el momento le tengo. Ella amablemente nos muestra el panorama donde vive, sus luchas y pérdidas. Se muestra como una mujer callada, imperceptible, abnegada y de quien muy poco se habla en su propia historia, pero sin embargo, detrás de esa fachada que ella misma ha construido por merecidas razones, se esconde algo que ni siquiera el más ávido es capaz de prevenir.

La historia de Marianela es una de las que más me chocó, puesto que dentro de ella cohabita uno de los personajes que más he odiado en todas mis lecturas. Don Juan Martin Arcipreste de la Conejera, un personaje que el escritor personificó tan bien que fue capaz de sacarme uno que otro improperio. Este señor es lo que considero esa aborrecible imagen de la época donde la hombría se demostraba a través de detestables y muy cuestionables acciones y actitudes. No obstante, a pesar de todo lo mostrado, considero necesaria su aparición ya que la intención de su autor era mostrarnos las justas causas que tenía nuestra segunda protagonista de llevarse todo el estrellato y dejarnos con un final de infarto, lo cual también destaco. Dentro de esta historia también menciono a Concepción, con quien sentí un afable lazo debido a ese trato maternal que siempre tuvo con nuestra protagonista y con María Victoria, la esposa del mencionado Don Juan.

Finalmente, pero no menos importante, tenemos a mi personaje favorito, la mujer que se llevó todos mis afectos en esta historia y nuestra tercera protagonista. La señorita Rosario Gracia, una profesora que acepta un trabajo en una escuela rural del altiplano cundiboyacense (2000) y quien no tiene ni la más mínima idea de todos los acontecimientos que rodearán su vida en cuanto ella se baje de ese autobús. Fue fácil conectar con este personaje, puesto que la fidelidad a sus ideales y la necesidad de brindar en vez de recibir, fue suficiente para que este personaje se volviera mi favorita en toda la historia. Desde una primera introducción, Rosario reconoce que existen cosas que no puede explicar, pero en lugar de cerrarse en su propio pensamiento, ella se entrega a aquello que le causa una mezcla de emociones sin explicar.

Su historia está destinada a mirar más a fondo la anatomía de la vida de un profesor, de esos que a través de sus palabras y enseñanzas forman día a día las mentes de un presente y un futuro. Rosario, entregada a su profesión, a la noble convicción de quitarles la venda a sus alumnos y despojarlos del miedo para que vean más allá de las montañas que rodean su pueblo, tiene que enfrentarse con sus propios miedos y abrir los ojos a una realidad para la que parecía no estar preparada. Su historia les permite a los lectores darle un vistazo a nuestro pasado, a esa problemática social de violencia y sangre que nos precede como país y que durante mucho tiempo se intentó hacer vista gorda a lo sucedido. Además de esto, esta historia está plagada de personajes que no decepcionan, que se meten en tu corazón, que hacen la historia más amena pero que no te preparan para todo lo que puede pasar en un abrir y cerrar de ojos.

«Pájaros Negros» es una historia narrada desde el corazón, construida con la finalidad de no dejarnos igual después de su lectura. Con personajes bien construidos, cuyos saltos en el tiempo no son chocantes, con una narrativa amable con los primeros lectores y que nos permite volar la imaginación un rato. Esta es una bonita manera de hacernos abrazar más lo nuestro, de abrazar nuestras tradiciones, mitos y leyendas. Es una novela que nos permite hacer un recorrido por todas nuestras épocas, a apreciar nuestros paisajes, la diversidad que nos rodea y de aprender que en Colombia también se cuentan historias con significado.

A Jorge Ignacio Garnica, su escritor, solo desearle lo mejor en su recorrido y pedirle amablemente que siga brindándonos historias para siempre recordar. Este, como su primer libro, lo pueden conseguir a través del portal de la editorial Calixta Editores. No se arrepentirán, es una historia que necesita un lugar en sus libreros, y por qué no, también en su corazón.

Les brindo mis frases favoritas del libro:

«…Así es esta mujer, Concepción, implacable con el amor y sumisa con la doña, porque comprende su padecer oculto bajo el velo de la aristocracia, a sabiendas que el azote lastima igual, sean perlas o grilletes lo que aderece el cuello…»

«… El caso es que las creencias, por contrarias que parezcan, se pueden combinar. Plantas, rezos, cruces, infusiones, velas, todo tiene un uso y un lugar en este asunto…»

«…Comprende el amor que florece en los corazones, y sabe que es capaz de llevar tanto a las gestas más dichosas como a los crímenes más abominables. Sabe que el amor rara vez es bello porque el pensamiento lo contamina, los celos lo corren como el salitre…»

«…Sintió pena por esos seres llenos de odio y resquemor que, ya conversos, oraban los domingos frente a la cruz por la salvación de su alma ya carcomida no por los fuegos del infierno sino por los ardores de su propio resentimiento…»

«… ¿Bruja? Sí, esa es la palabra. Así me llaman cuando dejo de ocultar lo que soy y lo que puedo hacer…»

«La dicotomía no es creer una cosa u otra, sino abrazar aquello que es ella misma, aquello que se siente que palpita dentro de su ser desde que fue consciente de sí, sin ofender la gracia divina, sin blasfemar contra su fe, sin ensuciar el credo en el que se le bautizó…»

Con mucho cariño para su autor, nos vemos en una próxima.

Ari.


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